martes, 8 de mayo de 2012

Demasiado odio


Amiga,

Entre la tarde de ayer y la mañana de hoy he estado leyendo los miles de comentarios que ya circulan en la red sobre el documental “Caracas:ciudad de despedidas”. Gina me había mandado el vínculo temprano pero lo dejé para mirarlo con calma mientras almorzaba. Lo primero que sentí –sin pensarlo mucho– era que me había desacostumbrado al acento de los niñitos caraqueños. No pensé en lugares sociales, sino en edades. Le di clases a adolescentes como esos durante casi veinte años y sé por experiencia que la gran mayoría, sin importar su origen, hablan con el mismo tono, los mismos modismos, las mismas frases entrecortadas o disueltas.

Después leí los comentarios que aparecen en Youtube, junto al video. Y ahí se me comenzaron a parar los pelos de punta. Porque lo que importa no es lo que el video dice o deja de decir. Lo terrible es la reacción que ha generado. La violencia nada encubierta que se expresa en insultos y en un desprecio que parece largamente macerado. Es lo que han insistido en señalar algunos de los comentaristas, como Rafael Osío Cabrices o Eduardo Sánchez Rugeles. Sin embargo, el texto que creo que trata de entender mejor las dimensiones emocionales del grito, de la angustia, que expresan los jóvenes que se despiden de Caracas es el de Milagros Socorro.

Comparto esas ideas, porque llaman a la reflexión y a la serenidad. Pero me preocupa algo que siento que está más allá de la polémica que sigue en la red mientras escribo estas líneas que siento urgentes. Me preocupa el modo como el imaginario del destierro se está llenando de zonas de honor y deshonor. Irse es odiar. Quedarse es querer. Esas cómodas polaridades. Porque si llevamos al extremo ese razonamiento sólo es posible concluir que los que se van no hacen falta y –lo que es peor– no es necesario que regresen.

Volver es el deseo de todo desterrado. Es un sueño que pocas veces se cumple, porque cuando te vas todo cambia y te vuelves un ser desgarrado que ya no pertenece a ninguna parte. Pero el lugar de origen siempre está ahí como una promesa. Es ese sitio que conservamos en la memoria como el espacio en el que alguna vez fuimos enteros y al que alguna vez vamos a poder regresar para completar el ciclo obligado del exilio. Y en medio de ese desgarro vivimos los que padecemos esta angustia de no estar.

Eso es precisamente lo que he querido contarte en la larga correspondencia que es este blog nuestro. He querido contarte el dolor del desarraigo, para contrarrestar de algún modo esa imagen alegre del que se va para vivir mejor y olvidarse de todo sufrimiento. Y este video no sólo ha vuelto a poner sobre la mesa la idea del desarraigo feliz, sino que ha generado una reacción violenta de los-que-se-quedan que parece gritarnos: ¡No vuelvan!

¿Qué hacer ante ese grito? Esa es la pregunta que me asalta hoy. No quiero tomar posición sobre la validez o no del video. No creo, en todo caso, que ese sea el punto. Creo que en este momento lo que asombra es que la división que existe en el país no necesite demasiados motivos para estallar. Y ante ese estallido los que estamos afuera nos sentimos cada vez más ajenos. Porque en medio del desgarro del exilio, si algo hemos tenido es tiempo para pensar, para tomar distancia y para buscar una forma de entender lo que pasa. Pero toda la reflexión del mundo no nos da para entender que se pueda vivir de manera permanente en ese estado de crispación.

Venezuela parece hoy un país a punto de estallar. Los odios están tan a flor de piel que no resulta difícil imaginar a Caracas en llamas, como una Sarajevo suramericana. Esa es la imagen con la que anoche me dormí. Esa es la imagen que me hizo despertar en medio de una pesadilla ruidosa esta mañana. Esa es la imagen con la que te escribo esta angustia de hoy, amiga. La imagen de una ciudad destruida por un odio ciego.

¿Cómo vamos a volver a esas ruinas?

Te mando un abrazo destrozado,
r

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